18 de octubre de 2008

El juez Garzón del que yo he oído hablar


La decisión del juez Baltasar Garzón de abrir una causa contra el franquismo ha levantado una enorme polvareda. Ha sido aplaudido, jaleado, vilipendiado y ridiculizado –especialmente desde las páginas del diario El Mundo en su portada de hace unos días, cuando intentó hacer pasar al magistrado por un imbécil que no sabe que Francisco Franco ha muerto–. Yo no voy a opinar de la decisión del juez de la Audiencia Nacional sobre los desaparecidos durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco. No conozco el tema con la suficiente profundidad como para tener una opinión firme y fundamentada al respecto. Pero sí quiero escribir del juez Garzón del que yo he oído hablar desde hace dos décadas a policías y guardias civiles.
Recuerdo el entusiasmo con el que en 1990 los agentes de la Brigada Central de Estupefacientes me hablaban del juez que inició el primer macroproceso contra el narcotráfico, cuando las rías gallegas eran, poco más o menos, que Sicilia. El entusiasmo era tal que la operación no se llamó Nécora –como fue conocida por la prensa–, sino Mago, en honor del rey mago Baltasar (Garzón). Aquella macroinstrucción, como tantas otras del juez, no acabó en unas condenas demasiado duras y muchos de los procesados fueron absueltos. Pero abrió un camino por el que hoy se continúa andando. El mismo juez abrió el camino para golpear a ETA en sus estructuras civiles, mediáticas y económicas y hoy ETA está como está gracias a estos golpes.
Policías y guardias civiles dedicados a la lucha contra el narcotráfico, sobre todo, y el terrorismo me han hablado infinidad de veces de Garzón. Saben que es una estrella, que le encantan los medios, que los turistas españoles que se encuentran cuando viaja al extranjero se hacen fotos con él... Pero también es un juez con una inmensa capacidad de trabajo, con una visión global de problemas como el crimen organizado que ningún otro magistrado tiene... Me han contado como en interminables madrugadas ha estado al pie del cañón, dando mandamientos de entrada a horas intempestivas, cuando la mayoría de sus colegas ni siquiera se ponen al teléfono. Ese es el juez Garzón del que yo he oído hablar. Con sus luces y sus sombras, pero no es ningún imbécil, como se han empeñado en hacernos creer algunos.