
La noticia era esperada. Casi segura. Fernando Trapero ha muerto. Como su compañero Raúl Centeno. Eran dos héroes. Dieron su vida por nuestra libertad y nuestra seguridad. Como la han dado tantos otros servidores del Estado, asesinados a veces o con la vida destruida en otras ocasiones. He tenido estos días la oportunidad de habar con veteranos de la lucha antiterrorista, tipos que quemaron su juventud haciendo trabajos similares a los que hacían Fernando y Raúl. Estaban tristes. Tristes por la muerte de los dos agentes y tristes porque recordaban a sus compañeros caídos. Casi ninguno de ellos recibió los honores de Estado que recibió Raúl y que a buen seguro recibirá Fernando. Pero, en algo, las cosas han cambiado. Ya no hay que enterrar a escondidas a las víctimas, hay que rendirles honores. Pero los honores no deberían llegar de presidentes, familia real y políticos. Los honores debían llegar desde la sociedad entera, esa sociedad que, como yo mismo, en estas fechas prepara sus compras navideñas o su salida de vacaciones. Y mientras hacemos eso, otros muchos héroes se están jugando la vida en Francia, en la boca del lobo, sin armas, a pecho descbierto. Si hay suerte, jamás conoceremos sus rostros y seguirán siendo héroes anónimos. Pero héroes. Sueño con que algún día, no muy lejano, nuetros policías y nuestros guardias civiles dedicados a la lucha contra el terrorismo tengan ese tratamiento: el de héroes.
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