21 de enero de 2008

La cotidenaeidad de los asesinos


Lo hemos escrito y lo hemos dicho muchas veces. Mi compadre Luis Rendueles siempre recuerda cómo José Parejo, el criminal que quemó viva a su mujer, Ana Orantes, se fue a echar la lotería primitiva tras matar a su esposa. Es la cotidaneidad de los criminales, lo vulgar de los asesinos. Como decía George Simenon, un asesino es alguien como usted y yo justo antes de cometer un crimen. Pero esa cotidaneidad sigue sobrecogiendo, como sobrecogen esas fotografías del etarra Martín Sarasola corriendo la San Silvestre de Azpeitia (Guipúzcoa), publicadas hoy en una estupenda exclusiva por La Gaceta. Apenas 24 horas antes había volado por los aires el aparcamiento de la T-4 y había acabado con la vida de dos trabajadores ecuatorianos. Con los cadáveres aún calientes, el asesino –hoy entre rejas por obra y gracia del implacable trabajo de la Guardia Civil– se enfundó una camiseta y unas zapatillas y se unió a un grupo de deportistas. Sobrecogedor y repugnaante. Sarasola no acabó los poco más de 8.000 metros de la carrera. Ahora, que verá pocas horas de luz –muchas más de las que merece, en cualquier caso–, tendrá tiempo de ponerse en forma.